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martes, 10 de diciembre de 2013

ORGULLOSOS DE ELOY RUIZ, OTRO MIEMBRO DE LA FAMILIA AQUASLAVA EN LA TIENDA +KTRI

Artículo de Antonio Fuentes

eloy

Le conocí siendo él un renacuajo. Me acuerdo que empezó a montar y a competir en bicicleta cuando no tenía edad. En esas primeras carreras de niño, compitiendo con chicos mucho mayores que él, ya empezó a llamar la atención.

El niño se fue haciendo mayor y demostrando que tenía talento para el ciclismo. Lo fue ganando todo en las distintas categorías y era fijo en la selección nacional. Tal era su poderío en la bicicleta que terminaría consiguiendo algo único para un chico de la zona en las últimas décadas.

Recuerdo que, al principio, le seguía desde la distancia pensando lo mismo que se me viene a la cabeza cada vez que escucho: “este chaval va a llegar muy alto, es buenísimo”. Esperaba que un día mi madre me dijera: “por lo visto lo ha dejado, porque no ha tenido suerte, no ha encontrado padrino…”, esos tópicos que repiten los padres de los falsos niños prodigio sin capacidad de sacrificio y, muchas veces, sin ese talento que sus papás creen ver en él. Más aún tratándose de un deporte como el ciclismo, en el que cuando te haces hombre todo puede cambiar.

Pero no ocurrió. Nunca llegó ese lamento desde el pueblo vecino. Es más, cada vez los halagos eran más y los resultados mejores. Empecé a seguirlo de cerca. Me contaba lo que tenía sufrir para luchar por llegar al profesionalismo: días enteros sin moverse del sofá tras entrenar, comidas limitadísimas, meses sin poder salir por la noche, cuerpo sin defensas por la puesta a punto… Todo eso sin saber sin algún día llegaría a la cima. Hoy en día sigo pensando que no merece la pena. Claro, que lo hago porque no nací con el espíritu de luchador de él.

Tras una entrevista que le publiqué en el Diario Sur, en verano de 2010, quedamos en que me llamaría si se confirmaba lo que habíamos hablado off the record. El lunes 18 de octubre de ese año me llamó para decirme: “Antonio, acabo de hablar con mi director y el año que viene paso a profesionales”. Tal cual. El niño lo había conseguido.

Dos años estuvo en el campo profesional. Muy marcado en mi memoria quedará para siempre ese final de etapa de la Vuelta a Turquía en la que cogió la escapada buena, esa aventura en la Clásica de San Sebastián con los mejores del mundo, o aquella Vuelta a Chile en la que fue el mejor de su equipo. Pero, por encima de todos esos recuerdos, siempre me quedará el día que me tumbé en el sofá para ver el Campeonato de España de fondo en carretera (creo que era en Salamanca). De nuevo, era el más fuerte de su equipo. Así lo demostró tirando del grupo buscando echar abajo las fugas. En uno de esos arreones -me contó luego-, miró hacia atrás y solo le siguieron tres ciclistas del grupo.

Pero su papel, como siempre, no era el de protagonista. Él debía trabajar para el compañero. Como le pasó varias veces, se plegó a las órdenes de equipo. Le faltó egoísmo y le sobró corazón. Quizás porque siempre tuvo claro que no vale triunfar de cualquier manera. “Ya llegará el día en que trabajen para mí”, pensaba. Pero no llegó. Dos temporada entre los grandes y el equipo desapareció porque no había patrocinadores.

Dos años en los que supo dónde quería llegar y cómo lo iba a hacer. Hablamos horas y horas de ciclismo. Nunca lo hicimos explícitamente de dopaje. No hacía falta. Sólo me decía: “Yo no voy a cruzar la línea nunca. Donde llegue mi cuerpo, ahí estaré”. Sí, también han existido ciclistas así. Ni trampas ni desobedecer al que te paga. Honestidad.

Sin equipo profesional en el que correr, pasó un año con más pena que gloria en el campo amateur buscando una salida a su futuro laboral o, lo que era lo mismo, a su vida. Un día me soltó una frase que me llegó al alma: “He pasado en unos meses de firmar autógrafos a llenarme el bidón en la fuente del pueblo”. Se apagaron los focos, el glamour, las entrevistas, los falsos amigos…

Siempre tuve la esperanza de que tras un año algo cambiara, pero la realidad del ciclismo manda. No hay huecos ni dinero y, menos, sin hacer trampas. El último día que pasé en España el pasado mes me encontré a su tío (que suerte tiene de contar con esa familia). Me dijo lo que nunca quise escuchar: “ha colgado la bici y dice que es para siempre, radical”.

Dos horas después me fui a verlo a su nuevo trabajo. Le han contratado en una tienda de bicicletas en un pueblo cerca de casa. Me esperaba encontrar a un tipo roto, medio gordo y borde. El típico ex deportista profesional hundido.

Me lo encontré más delgado, más simpático y con más ganas de vivir que nunca. Se había esfumado su sueño con 24 años pero era el mismo. Y no sé por qué lo envidio más si por ese don de sacrificio que nunca tuve o por esa fuerza para superar un trago tan amargo.

El niño prodigio de la bici, no ha necesitado ganar el Tour para ganarme a mí. Seguro que, limpio en la tienda, está tu conciencia más tranquila que sucio en el pelotón. Te podrías llamar Lance y presumir de trofeos, pero te llamas Eloy y presumes de principios. Aquel periodista que se emocionaba ayer con tus gestas sobre la bici, se emociona hoy sabiendo que tiene un amigo íntegro, un tipo de verdad.
Has dado un ejemplo, en la bici y en la vida.
No cambies.
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